Te
basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad”.
(2 Corintios 12, 9)
En su
segunda carta a la comunidad de Corinto, el apóstol Pablo se enfrenta con
algunos que ponen en discusión la legitimidad de su actividad apostólica, pero
no se defiende enumerando los propios méritos y éxitos. Por el contrario, pone
en evidencia la obra que Dios ha realizado en él y a través de él.
Pablo
hace referencia a una experiencia mística personal, de profunda relación con
Dios (1), pero comparte
enseguida después su sufrimiento por una “espina” que lo atormenta. No explica
de qué se trata exactamente, pero se comprende que es una dificultad grande que
podría limitarlo en su compromiso de evangelizador. Por eso confía haberle
pedido a Dios que lo libere de ese obstáculo, pero la respuesta que recibe de
Dios mismo es trastornadora:
“Te basta mi gracia, porque mi poder
triunfa en la debilidad”
Todos
constatamos permanentemente nuestras fragilidades físicas, psicológicas y
espirituales, y vemos a nuestro alrededor una humanidad a menudo sufriente y
perdida. Nos sentimos débiles e incapaces para resolver esas dificultades,
incluso para afrontarlas, limitándonos como mucho a no causar mal a nadie.
Esta
experiencia de Pablo, por el contrario, abre un horizonte nuevo: al reconocer y
aceptar nuestra debilidad, podemos abandonarnos plenamente en los brazos del
Padre, que nos ama tal como somos y quiere sostenernos en nuestro camino. En
efecto, prosiguiendo esta carta afirma: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”
(2).
Refiriéndose
a eso, Chiara Lubich escribió: “Nuestra razón se rebela ante semejante
afirmación, porque ve en ella una flagrante contradicción o simplemente una
osada paradoja. En cambio, esta afirmación expresa una de las verdades más
altas de la fe cristiana. Jesús nos la explica con su vida y más aún con su
muerte. ¿Cuándo realizó la obra que el Padre le había confiado? ¿Cuándo redimió
a la humanidad? ¿Cuándo venció al pecado? Cuando murió en la cruz, vencido,
después de haber gritado: ‘¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?’.
Jesús fue más fuerte precisamente cuando era más débil. Jesús hubiera podido
dar origen al nuevo pueblo de Dios sólo con su predicación o con algún milagro
más o con un gesto extraordinario. Y en cambio no. No, porque la Iglesia es
obra de Dios y es en el dolor y solamente en el dolor donde florecen las obras
de Dios. Por lo tanto en nuestra debilidad, en la experiencia de nuestra
fragilidad se esconde una ocasión única: la de experimentar la fuerza de Cristo
muerto y resucitado” (3).
“Te basta mi gracia, porque mi poder
triunfa en la debilidad”
Es la
paradoja del Evangelio: a los mansos les está prometida en herencia la tierra (4);
María exalta en el Magnificat la potencia del Señor (5), que
puede expresarse total y definitivamente en la historia personal y en la
historia de la humanidad, precisamente en el espacio de la pequeñez y de la
confianza total en la acción de Dios.
Comentando
esta experiencia de Pablo, Chiara sugería: “La opción que como cristianos
debemos hacer está en el sentido absolutamente contrario a lo que comúnmente
sucede. Es ir realmente contracorriente. El ideal de vida del mundo en general
consiste en la búsqueda del éxito, del poder y del prestigio. Pablo, por el
contrario, nos dice que hay que gloriarse de las debilidades. Confiemos en
Dios. Él actuará en nuestra debilidad, en nuestra nada. Y cuando Él actúa,
podemos estar seguros de que realiza obras que valen, que irradian un bien duradero y que van al
encuentro de las verdaderas necesidades de los individuos y de la colectividad”
(6).
Letizia Magri
1-Cfr. 2Corintios 11, 1-7
2-Cfr. 2Corintios 12, 10
3-Cfr. C. Lubich, La fuerza del
dolor (2000)
4-Cfr. Mateo 5, 5
5-Cfr. Lucas 1, 46-55
6-Cfr. C. Lubich, Dios opera en
nuestra debilidad (1982)


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