Palabra de Vida - Setiembre de 2016
Fabio Ciardi
Palabra de Vida - Octubre de 2013
“Todo
es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo
es de Dios”
(1 Corintios 3, 22-23)
Estamos
en la comunidad de los cristianos de Corinto, muy vivaz, llena de iniciativas,
animada en su interior por grupos relacionados con diferentes guías
carismáticas. De estas surgen también tensiones entre personas y grupos,
divisiones, culto de la personalidad, deseo de sobresalir. Pablo interviene con
decisión recordando a todos que, en la riqueza y variedad de dones y de líderes
que posee la comunidad, algo muy profundo los une: la pertenencia a Dios.
Una
vez más resuena el gran anuncio cristiano: Dios está con nosotros, y nosotros
no estamos perdidos, huérfanos, abandonados a nosotros mismos, sino que somos
hijos suyos, le pertenecemos. Como un verdadero padre él cuida a cada uno, y no
nos deja faltar nada de lo que necesitamos para nuestro bien. Es más, es
generoso en el amor y en la donación: “Todo les pertenece a ustedes –como
afirma Pablo– el mundo, la vida, la muerte, el presente o el futuro. Todo es de
ustedes”. Nos donó incluso a su hijo, Jesús.
Qué
inmensa confianza de parte de Dios al poner todo en nuestras manos… Cuántas
veces, en cambio, abusamos de sus dones: nos creímos dueños de la creación hasta
saquearla y desfigurarla, dueños de nuestros hermanos y hermanas hasta esclavizarlos
y masacrarlos, dueños de nuestras vidas hasta consumirlas en el narcisismo y la
degradación.
El
don inmenso de Dios –“Todo es de ustedes”– reclama gratitud. A menudo nos
lamentamos por lo que no tenemos o nos dirigimos a Dios sólo para pedir. ¿Por
qué no mirar a nuestro alrededor y descubrir lo bueno y lo bello que nos
circunda? ¿Por qué no darle gracias a Dios por lo que cada día nos brinda?
Ese
“todo es de ustedes” comporta una responsabilidad. Nos exige cuidar lo que nos
ha sido confiado con premura y ternura: el mundo entero y cada ser humano. Nos
exige el mismo cuidado que Jesús tiene con nosotros (“ustedes son de Cristo”),
el que tiene el Padre por Jesús (“Cristo es de Dios”).
Tenemos
que saber alegrarnos con quien está alegre y llorar con quien llora, dispuestos
a acoger todo gemido, división, dolor o violencia como algo que nos pertenece,
y compartirlos hasta transformarlos en amor. Todo nos es dado para que lo llevemos
a Cristo, es decir a la plenitud de la vida, y a Dios, o sea su meta final,
para darle a cada cosa y a cada persona su dignidad y su significado más
profundo.
Un
día, en el verano de 1949, Chiara Lubich advirtió tal unidad con Cristo que se
sintió como esposa del Esposo. Pensó entonces qué dote hubiera podido llevar y
comprendió que debía ser toda la creación. Por su parte, Él le habría dado en
herencia el Paraíso. Recordó las palabras del salmo: “Pídeme, y te daré las
naciones como herencia, y como propiedad, los confines de la tierra” (Salmo 2,
8). “Creímos y pedimos y nos dio todo para llevarlo a Él y Él nos dará el
cielo: nosotros, lo creado; Él, lo Increado”.
Hacia
el final de su vida, refiriéndose al Movimiento al que le había dado vida y en
el que se veía a sí misma, Chiara escribió: “¿Cuál es mi último deseo? Querría
que el Movimiento en el final de los tiempos, cuando esté esperando presentarse
frente a Jesús abandonado-resucitado, pueda repetir, haciendo propias esas
palabras del teólogo francés Jacques Leclercq, que siempre me conmueven: ‘Ese
día, Dios mío, yo iré hacia ti… Iré hacia ti con mi sueño más alocado, llevarte
el mundo en los brazos’”1.
Fabio Ciardi
Director del Centro de Estudios del
Movimiento de los Focolares
- El grito, Chiara Lubich, Editorial Ciudad Nueva
Palabra de Vida - Octubre de 2013
Un amor que toma la iniciativa
“Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al
prójimo ya cumplió toda la Ley” (Carta a
los Romanos 13, 8)1.
En los versículos precedentes (Romanos
13, 1-7) san Pablo había hablado del deber que nos obliga con la autoridad
civil (obediencia, respeto, pago de los impuestos, etc.), subrayando que
incluso el cumplimiento de este deber tiene que estar animado por el amor. De
todas maneras, se trata de una obligación fácilmente comprensible ya que, en
caso de no cumplirla, somos susceptibles de las sanciones previstas por la ley.
A partir de allí, Pablo pasa a hablar de otra deuda, algo más difícil de
comprender y que, conforme a la consigna que nos dejó Jesús, tenemos para con
todos nuestros prójimos. Se trata del amor mutuo en sus múltiples expresiones:
generosidad, solicitud, confianza, estima recíproca, sinceridad… (cf. Romanos 12, 9-12).
Esta Palabra de vida pone en evidencia dos cosas.
En primer lugar, el amor es presentado como una deuda, es decir como
algo ante lo cual no se puede permanecer indiferente, ni se lo puede dejar para
otro momento; es algo que nos obliga, que nos persigue, que no nos deja en paz
hasta que hayamos saldado la cuenta.
Es como afirmar que el amor recíproco no es un plus, fruto de nuestra generosidad, del cual en rigor podríamos ser
dispensados sin incurrir en las sanciones de la ley positiva; esta Palabra nos
exige con urgencia que la pongamos en práctica bajo pena de traicionar nuestra
dignidad de cristianos, llamados por Jesús a ser instrumentos de su amor en el
mundo.
En segundo lugar, nos dice que el amor mutuo es el móvil, el alma y el
fin hacia el cual tienden todos los mandamientos.
Se desprende que, si queremos cumplir bien la voluntad de Dios, no
podemos contentarnos con una observancia fría y jurídica de sus mandamientos,
sino que será necesario tener siempre presente la finalidad que a través de
ellos Dios nos propone. Así, por ejemplo, para vivir bien el séptimo
mandamiento no podemos limitarnos a no robar, sino que tenemos que
comprometernos seriamente para eliminar las injusticias sociales. Solamente de
esta manera demostraremos amar a nuestros semejantes.
¿Cómo vivir la Palabra de este mes?
El tema del amor al prójimo que se nos propone tiene una infinidad de
matices. Aquí nos detendremos sobre todo en uno, particularmente sugerido por
el texto.
Si, como dice san Pablo, el amor recíproco es una deuda, será necesario
tener un amor que sea el primero en amar, tal como hizo Jesús con nosotros. Por
lo tanto, será un amor que toma la iniciativa, que no espera ni deja las cosas
para otro momento.
Hagámoslo este mes. Tratemos de ser los primeros en amar a cada persona
que encontramos, a la que llamamos por teléfono, a la que le escribimos o con
la cual convivimos. Que el nuestro sea un amor concreto, que sabe comprender,
prevenir, que es paciente, confiado, perseverante, generoso.
Nos daremos cuenta de que nuestra vida espiritual experimentará un salto
de calidad, sin contar la alegría que llenará nuestro
corazón.
Chiara
Lubich
Palabra
de vida publicada por primera vez en Ciudad nueva en 1990.
1. Cf. Levítico, 19, 18.
Un amor
concreto
“No
amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad”,
(1 Juan 3, 18).
Es san
Juan quien escribe esta frase. Pone en guardia a su comunidad frente a los que
exaltaban con palabras la fe en Jesús, pero una fe que no se concretaba en
obras. Es más, éstas eran consideradas inútiles o superfluas, como si Jesús lo
hubiese hecho ya todo. Se trataba de una fe vacía y estéril, porque dejaba la
obra de Jesús sin el aporte indispensable que él nos pide a cada uno.
Amar
con hechos. La verdadera fe, dice el apóstol, es la que da prueba de sí al amar
como Jesús amó y nos enseñó a hacerlo. Ahora bien, la primera característica de
este amor es lo concreto. Jesús no nos amó con hermosos discursos, sino que
pasó entre nosotros haciendo el bien, sanando a todos, plenamente disponible
para con quienes se le presentaban, comenzando por los más débiles, los pobres,
los marginados… y dando su vida por nosotros.
El
apóstol dice que además de amar con hechos tenemos que hacerlo también en la
verdad. El amor cristiano, al tiempo que trata de traducirse en hechos
concretos, se preocupa por inspirarse en la verdad del amor que encontramos en
Jesús; se preocupa por realizar obras conformes a sus sentimientos y
enseñanzas. Es decir que tenemos que amar en la dirección y en la medida que
nos muestra Jesús.
¿Cómo
vivir la Palabra de este mes? Su mensaje es hasta demasiado claro. Se trata de
una llamada a la autenticidad cristiana en la que tanto insistió Jesús. Pero,
¿no es ésta también la gran expectativa del mundo? ¿No es acaso verdad que el
mundo de hoy quiere ver testigos del amor de Jesús?
Amemos,
entonces, con hechos y no de palabra, y comencemos por los servicios humildes
que nos solicitan cada día los prójimos que están a nuestro lado. Amemos en la
verdad. Jesús actuaba siempre en sintonía con la voluntad del Padre; y de la
misma manera también nosotros tenemos que movernos en sintonía con la palabra
de Jesús. Él quiere que lo veamos detrás de cada prójimo. En efecto, lo que le
hagamos al otro lo considera hecho a él. Además, él quiere que amemos a los
demás como a nosotros mismos y que nos amemos entre nosotros dispuestos a dar
la vida el uno por el otro.
Chiara
Lubich
Palabra
de Vida publicada por primera vez
en
Ciudad nueva en agosto de 1988.


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