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Jueves de la primera semana de
Adviento
Evangelio según San Mateo 7,21.24-27.
Jesús dijo a sus
discípulos: No son los que me dicen: 'Señor, Señor', los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.
Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca.
Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.
Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena.
Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande".
Leer el comentario del Evangelio por
Papa Francisco
Encíclica “Lumen fidei”, §34 (trad. © Libreria Editrice Vaticana)
Encíclica “Lumen fidei”, §34 (trad. © Libreria Editrice Vaticana)
La roca de la fe, el amor,
la verdad
La luz del amor, propia de la fe, puede
iluminar los interrogantes de nuestro tiempo en cuanto a la verdad. A menudo la
verdad queda hoy reducida a la autenticidad subjetiva del individuo, válida sólo
para la vida de cada uno. Una verdad común nos da miedo, porque la identificamos
con la imposición intransigente de los totalitarismos. Sin embargo, si es la
verdad del amor, si es la verdad que se desvela en el encuentro personal con el
Otro y con los otros, entonces se libera de su clausura en el ámbito privado
para formar parte del bien común. La verdad de un amor no se impone con la
violencia, no aplasta a la persona. Naciendo del amor puede llegar al corazón,
al centro personal de cada hombre. Se ve claro así que la fe no es
intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta al otro. El creyente
no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que
poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. En lugar de hacernos
intolerantes, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el
testimonio y el diálogo con todos.
Por otra parte, la luz de la fe, unida a la verdad del amor, no es ajena al mundo material, porque el amor se vive siempre en cuerpo y alma; la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús. Ilumina incluso la materia, confía en su ordenamiento, sabe que en ella se abre un camino de armonía y de comprensión cada vez más amplio. La mirada de la ciencia se beneficia así de la fe: ésta invita al científico a estar abierto a la realidad, en toda su riqueza inagotable. La fe despierta el sentido crítico, en cuanto que no permite que la investigación se conforme con sus fórmulas y la ayuda a darse cuenta de que la naturaleza no se reduce a ellas. Invitando a maravillarse ante el misterio de la creación, la fe ensancha los horizontes de la razón para iluminar mejor el mundo que se presenta a los estudios de la ciencia.
Por otra parte, la luz de la fe, unida a la verdad del amor, no es ajena al mundo material, porque el amor se vive siempre en cuerpo y alma; la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús. Ilumina incluso la materia, confía en su ordenamiento, sabe que en ella se abre un camino de armonía y de comprensión cada vez más amplio. La mirada de la ciencia se beneficia así de la fe: ésta invita al científico a estar abierto a la realidad, en toda su riqueza inagotable. La fe despierta el sentido crítico, en cuanto que no permite que la investigación se conforme con sus fórmulas y la ayuda a darse cuenta de que la naturaleza no se reduce a ellas. Invitando a maravillarse ante el misterio de la creación, la fe ensancha los horizontes de la razón para iluminar mejor el mundo que se presenta a los estudios de la ciencia.




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