jueves, 16 de agosto de 2018

Palabra de Vida - Agosto 2018


“Yo te amé con un amor eterno,
por eso te atraje con fidelidad”.
(Jeremías 31, 3)

El profeta Jeremías es enviado por Dios al pueblo de Israel que está viviendo la dolorosa experiencia del exilio en Babilonia y ha perdido todo lo que había representado su identidad y su elección: la tierra, el templo, la ley…
Sin embargo, la palabra del profeta corre este velo de dolor y de pérdida. Es verdad que Israel se demostró infiel al pacto de amor con Dios, entregándose a la destrucción, pero llega el anuncio de una nueva promesa de libertad, de salvación, de renovada alianza que Dios, en su amor eterno nunca roto, le prepara a su pueblo.
“Yo te amé con un amor eterno, por eso te atraje con fidelidad”.
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Palabra de Vida Movimiento de los Focolares

La dimensión eterna e irrevocable de la fidelidad de Dios es una cualidad de su amor: es Padre de toda criatura humana, un Padre que toma la iniciativa en el amor y se compromete para siempre. Su fidelidad llega a cada uno de nosotros y nos permite confiarle toda preocupación que pudiera detenernos. Por este amor eterno y paciente también nosotros podemos crecer y mejorar en la relación con Dios y con los demás.
Somos conscientes de no ser ya tan estables en nuestro compromiso, si bien sincero, de amar a Dios y a los hermanos, pero su fidelidad nos es gratuita y nos previene siempre, más allá de nuestras capacidades. Con esta alegre certeza podemos elevar la mirada de nuestro limitado horizonte y ponernos cada día en camino para ser testigos de esta ternura “materna”.
“Yo te amé con un amor eterno, por eso te atraje con fidelidad”.
Esta mirada de Dios a la humanidad hace emerger también un grandioso designio de fraternidad, que encontrará en Jesús su pleno cumplimiento. En efecto, él ha dado testimonio de su confianza en el amor de Dios con la palabra y, sobre todo, con el ejemplo de su vida.
Nos ha abierto el camino para imitar al Padre en el amor para con todos (Mateo 5, 43) y nos ha revelado que la vocación de todo hombre y mujer es contribuir en la edificación de relaciones de acogida y de diálogo.
¿Cómo vivir la palabra de vida de este mes?
Chiara Lubich invitaba a tener un corazón de madre: “Una madre acoge siempre, ayuda siempre, espera siempre, lo cubre todo. En efecto, el amor de una madre es muy similar a la caridad de Cristo de la que habla el apóstol Pablo. Si nosotros tuviéramos el corazón de una madre o, más precisamente, si nos propusiéramos tener el corazón de la Madre por excelencia, María, estaríamos dispuestos siempre a amar a los demás en todas las circunstancias y a mantener vivo al Resucitado en nosotros. Si tuviéramos el corazón de esta Madre, amaríamos a todos y no solamente a los miembros de nuestra Iglesia, sino también a los de las demás. Y no sólo a los cristianos sino también a los de otras religiones. A todos los hombres de buena voluntad y a todo hombre que habita en esta tierra”. 
“Yo te amé con un amor eterno, por eso te atraje con fidelidad”.

Una joven esposa que comenzó a vivir el Evangelio en su familia nos cuenta: “Experimenté una alegría nunca antes probada y el deseo de derramar este amor más allá de las cuatro paredes de casa. Así fue como corrí al hospital para encontrarme con la mujer de un colega que había intentado suicidarse. Hacía tiempo que conocía sus dificultades, pero ocupada con mis problemas no me había interesado por ella. Sin embargo, ahora sentía como propio su dolor y no tuve paz hasta que no se resolvió la situación que la había llevado a ese gesto extremo. Este episodio marcó para mí el comienzo de un cambio de mentalidad. Me permitió comprender que si amo puedo ser para quien pasa junto a mí un reflejo, por muy pequeño que sea, del mismo amor de Dios”.
¿Y si también nosotros, sostenidos por el amor fiel de Dios, adoptáramos esta actitud interior frente a todos los que encontramos durante el día?
Letizia Magri





Palabra de Vida - Julio 2018


Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad”.
(2 Corintios 12, 9)

En su segunda carta a la comunidad de Corinto, el apóstol Pablo se enfrenta con algunos que ponen en discusión la legitimidad de su actividad apostólica, pero no se defiende enumerando los propios méritos y éxitos. Por el contrario, pone en evidencia la obra que Dios ha realizado en él y a través de él.
Pablo hace referencia a una experiencia mística personal, de profunda relación con Dios (1), pero comparte enseguida después su sufrimiento por una “espina” que lo atormenta. No explica de qué se trata exactamente, pero se comprende que es una dificultad grande que podría limitarlo en su compromiso de evangelizador. Por eso confía haberle pedido a Dios que lo libere de ese obstáculo, pero la respuesta que recibe de Dios mismo es trastornadora:
“Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad”

Todos constatamos permanentemente nuestras fragilidades físicas, psicológicas y espirituales, y vemos a nuestro alrededor una humanidad a menudo sufriente y perdida. Nos sentimos débiles e incapaces para resolver esas dificultades, incluso para afrontarlas, limitándonos como mucho a no causar mal a nadie.
Esta experiencia de Pablo, por el contrario, abre un horizonte nuevo: al reconocer y aceptar nuestra debilidad, podemos abandonarnos plenamente en los brazos del Padre, que nos ama tal como somos y quiere sostenernos en nuestro camino. En efecto, prosiguiendo esta carta afirma: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2).
Refiriéndose a eso, Chiara Lubich escribió: “Nuestra razón se rebela ante semejante afirmación, porque ve en ella una flagrante contradicción o simplemente una osada paradoja. En cambio, esta afirmación expresa una de las verdades más altas de la fe cristiana. Jesús nos la explica con su vida y más aún con su muerte. ¿Cuándo realizó la obra que el Padre le había confiado? ¿Cuándo redimió a la humanidad? ¿Cuándo venció al pecado? Cuando murió en la cruz, vencido, después de haber gritado: ‘¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?’. Jesús fue más fuerte precisamente cuando era más débil. Jesús hubiera podido dar origen al nuevo pueblo de Dios sólo con su predicación o con algún milagro más o con un gesto extraordinario. Y en cambio no. No, porque la Iglesia es obra de Dios y es en el dolor y solamente en el dolor donde florecen las obras de Dios. Por lo tanto en nuestra debilidad, en la experiencia de nuestra fragilidad se esconde una ocasión única: la de experimentar la fuerza de Cristo muerto y resucitado” (3).
“Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad”
Es la paradoja del Evangelio: a los mansos les está prometida en herencia la tierra (4); María exalta en el Magnificat la potencia del Señor (5), que puede expresarse total y definitivamente en la historia personal y en la historia de la humanidad, precisamente en el espacio de la pequeñez y de la confianza total en la acción de Dios.
Comentando esta experiencia de Pablo, Chiara sugería: “La opción que como cristianos debemos hacer está en el sentido absolutamente contrario a lo que comúnmente sucede. Es ir realmente contracorriente. El ideal de vida del mundo en general consiste en la búsqueda del éxito, del poder y del prestigio. Pablo, por el contrario, nos dice que hay que gloriarse de las debilidades. Confiemos en Dios. Él actuará en nuestra debilidad, en nuestra nada. Y cuando Él actúa, podemos estar seguros de que realiza obras que valen,  que irradian un bien duradero y que van al encuentro de las verdaderas necesidades de los individuos y de la colectividad” (6).

 

Letizia Magri


1-Cfr. 2Corintios 11, 1-7
2-Cfr. 2Corintios 12, 10
3-Cfr. C. Lubich, La fuerza del dolor (2000)
4-Cfr. Mateo 5, 5
5-Cfr. Lucas 1, 46-55
6-Cfr. C. Lubich, Dios opera en nuestra debilidad (1982)